Aceptar, el primer paso para el cambio.

En el artículo anterior que publiqué destaqué la importancia de aceptar nuestras emociones: imagínate que te enfrentas a una ruptura sentimental, que te han echado del trabajo o que tienes un conflicto con alguien cercano a ti. ¿Cómo te sentirías? Naturalmente te sentirías triste, rabioso o con miedo ante la incertidumbre. ¿Por qué pelear contra esto?

Precisamente las personas equilibradas no luchan contra sus emociones, sino que las aceptan y las escuchan. Es decir, comprenden que cómo se sienten forma parte de los acontecimientos y que las emociones están cumpliendo su función, la de alertar sobre algún aspecto que no está funcionando de manera óptima en nuestro sistema. Por esto, es importante, dejar que las emociones fluyan, y que por lo tanto, pasen.

Esta forma de manejar el interior de uno mismo facilita que una persona no se vea atrapada por sus emociones. No aceptar nuestras emociones con normalidad genera que éstas tomen significados negativos y que nos podamos llegar a identificar con ellas.

Es importante, por lo tanto, aceptar nuestras emociones, pero también el resto de aspectos que nos generan malestar en nuestra vida. Aceptar no significa que nos debamos resignar, ya que en realidad cuando nos entregamos plenamente a una situación dada, aceptándola, esta se transforma. Contrariamente a lo que nos dice el sentido común, cuanto más tratamos de cambiar una situación resistiéndola y negándola, ésta se mantiene. Por ejemplo, quien se resiste a un insomnio puede mantener el insomnio, y quien rechaza la tristeza o la ansiedad, puede aumentar estas. Por lo tanto, es importante tener en cuenta que una gran parte de nuestros problemas es nuestra resistencia a ellos.

Utilizando la metáfora de las arenas movedizas, si alguna vez me veo atrapada en ellas y lucho por salir, cada vez me hundiré más, en cambio, si acepto mi situación y dejo de luchar y hundirme, quizás pueda aparecer alguien y ayudarme, o pueda observar que alzando un brazo puedo alanzar una rama y salir.

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Finalmente para ilustrar estos razonamientos os dejo con el cuento dientes de león:

Cierta persona, después de comprarse una casa nueva, decidió plantar un hermoso césped. Trabajó en ello varias semanas, haciendo lo que le indicaban los libros de jardinería. Su mayor problema es que crecían incesablemente dientes de león por todas partes. La primera vez que encontró uno, lo arrancó. Pero al poco tiempo salieron más. Así que acudió a una tienda especializada en jardinería y compró un producto para eliminarlos. La estrategia funcionó durante un tiempo, pero después de las lluvias de verano, volvió a encontrar dientes de león. Así que pasó todo el otoño arrancando hierbas. Al siguiente verano pensó que ya no brotarían más dientes de león, porque en invierno no había visto ninguno. Pero de repente, una mañana encontró dientes de león por todas partes. Entonces pensó que el problema era el tipo de hierba, entonces decidió gastarse una fortuna en reemplazarla. Esto funcionó durante un tiempo. Era muy feliz. Justo cuando empezaba a relajarse apareció un nuevo diente de león. Un amigo le dijo que todo ello podría deberse a que el jardín de su vecino tenía dientes de león. Así que llevó a cabo una campaña para que todos sus vecinos eliminasen sus dientes de león. Al tercer año, ya estaba desesperado. Los malditos hierbajos seguían campando a sus anchas. De manera, que después de consultar a un experto local y todo tipo de libros sobre jardines, decidió acudir al ministro de agricultura. Después de varios meses de espera, recibió una carta. Estaba muy excitado, ¡por fin un poco de ayuda! Abrió el sobre y leyó lo siguiente: “Distinguido señor: hemos analizado su problema y consultado a numerosos expertos. Después de las deliberaciones, hemos concluido que podemos darle un buen consejo. Le aconsejamos que aprenda a querer a esos dientes de león”

Cuento extraído del Manual de tratamiento de los trastornos de personalidad límite (1993). Linehan, Marsha M.

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