Pedofilía: entenderla para ayudar al otro y a nosotros mismos.

 

espejo

 

Las ganas y al mismo tiempo una cierta incomodidad a la hora de escribir este artículo me nacieron al leer una noticia de crónica sobre el éxito de una maxi operación policial que ha llevado a la captura de uno de los más buscado violador de menores en la red de Reino Unido, Richard Hukle. En muy resumidas palabras, la policía ha conseguido controlar la página web donde se subía material pornografico y violento infantil y desde adentro conocer la identidad y localización geográfica de varios de sus usuarios, y en particular de Hukle.

Al leer el modo de actuar y filosofía de branding que había detrás de la figura de Richard Hukle se me han puesto los pelos de punta y he sentido un fuerte, fuerte malestar y rechazo. Al ser psicóloga, formada, acostumbrada y sobretodo decidida a intentar comprender todo comportamiento humano, a pesar de no compartirlo o inclusive condenarlo, esta sensación de desagrado tan intensa me ha dejado descolocada y ansiosa de profundizar más en este malestar.

De este cúmulo de emociones ha nacido una pequeña investigación sobre el tem
a de la pedofilia con la que no pretendo en absoluto acotar el tema, sino abrir una pequeñisima ventana desde un punto de vista reflexivo y de las teorías psicológicas que giran alrededor de este muy polémico tema. Después de consultar varias fuentes, lo que me ha quedado claro es que no hay ningún acuerdo sobre el tema. Es decir, obviamente la condemna hacía los actos de abuso sexual y psicológico contra los niños(considerados tal los menores de 16 o 18 años, según el país) es unánime tanto a nivel social como legislativo, y por supuesto a mi nivel personal.

Pero, el que parece un argumento netamente claro se hace mucho más difícil de definir cuando se lo mira desde más cerca. Este es justamente el objetivo de Sarah Goode, una académica de la Universidad de Winchester, que ha dedicado una grande parte de su investigación a estudiar las ideas y puntos de vistas sobre la pedofilia.

La historia de Sarah Goode me ha parecido muy interesante e inspiradora. Primero, se ha tenido que encontrar con una fuerte incomprensión y ostracismo por parte del ambiente académico, quien tachaba de inmorales e inútiles sus investigaciones sobre un tema que es tan evidentemente “negro”, que resulta sin sentido e inclusive perverso buscarle los “grises”.

Segundo, porque la profesora dedicò mucha parte de su carrera en luchar para que se haga una distinción entre pedofilía y abuso sexual. Este decir, entre el hecho de sentir un deseo o afección hacía un menor por parte de un adulto, sin actuar de consecuencias (pedo-filia) y el hecho de abusar sexualmente a un menor, esto último sin duda considerado un crimen despiadado, una aberración moral y un atroz acto de violencia física y psicológica hacia un ser humano que no está en la posición de tomar libres decisiones o de defenderse.

El propósito de Sarah es no condenar, al contrario intentar comprender y respetar a las personas que declaran su deseo pero que escogen de limitarse, de no actuar, de compartir su malestar (si presente) y de finalmente proteger a los niños de este deseo.

A partir de este tipo de reflexión se abrieron muchas más. Unas de las más polémicas y revolucionarias por ejemplo sobre el hecho de si considerar la pedofilía una perversión sexual o más bien una orientación sexual, de hecho más presente en la sociedad de lo que uno se espera, según revelan las investigaciones y cuestionarios anónimos hechos por la Goode.

No quiero entrar aquì y hoy sobre las discusiones sobre orientación sexual o perversión/trastorno, es un debate demasiado amplio y no es el tema central de este articulo.

La pequeña reflexión con la que me gustaría acabar hoy es con la distinción que hace la Goode entre sentir y actuar. La responsabilidad de reconocer las propias emociones, aún cuando van en contra de nuestros valores o de los valores de la sociedad, es un acto de madurez y valentía. Aún más lo es cuando a ello le sigue la voluntad de no actuar, de no dar forma a las consecuencias de la manifestación del propio sentimiento, cuando este, como en el caso de la pedofilía, tiene consecuencias dramatica.

Condenemos a la acción, y no al sentimiento. Hasta que la realidad de la atracción hacia niños por parte de adultos será un tabú, meteremos en el mismo saco a quien siente y a quien actúa, y no seremos capaces de ayudar ni a los unos ni a los otros, ni de aprovechar la incomodidad que nos causa este tipo de tema para abrir una reflexión sobre nuestra propia capacidad de discernir cuando es bueno actuar según nuestras emociones y cuando el camino más sano es sentirlas pero no actuarlas.

Esta reflexión se aplica a una infinita variedad de temas personales. Hoy he escogido este para poner un poco de luz sobre el tabú y para crecer un poco más como psicóloga y como persona.