Ayudar a los niños a tolerar la frustración

Todos hemos tenido que aprender

A medida que crecemos, nos vamos dando cuenta de que a veces las cosas no salen como habíamos planeado. No podemos tener todo lo que deseamos, o al menos cuando lo deseamos y las experiencias que nos llevan a realizar este aprendizaje, aunque su vivencia sea desagradable, representan un valioso aprendizaje para la vida.

Cuando somos pequeños nos situamos en el mundo de forma egocentrada; esto es, desde una concepción del mundo como algo que existe en relación a nosotros y por tanto no comprendemos que aquél no gira entorno a nuestros deseos y necesidades; de hecho, vivimos nuestros deseos como auténticas necesidades. Entender que nuestro deseo no es “la ley” es un proceso que se va construyendo a medida que nos enfrentamos a diferentes obstáculos que muchas veces son fuente de frustración por evidenciar que hay una discrepancia entre lo real y lo ideal.

La frustración, que es una reacción natural ante los obstáculos que nos impiden conseguir una meta puede venir acompañada de emociones y sentimientos desagradables como la rabia, la cólera, y en algunos casos ansiedad.

Como todas las habilidades, se puede entrenar

Muchos padres sufren al ver estas reacciones en su hijo (las típicas “rabietas”), o bien no se sienten preparados para manejarlas y acompañarles en la gestión de las emociones que está experimentando, por lo que optan por “aliviar su malestar” y proporcionar al niño con inmediatez todo lo que pide o cree que necesita. Sin embargo, es importante que los niños aprendan a postergar la gratificación, pues esto les ayudará a generar herramientas que les permitan embarcarse en metas a largo plazo.

Por otro lado, recibir “noes” y aprender a manejar las emociones que surgen cuando esto sucede, es clave para poder descentrarse paulatinamente de esa posición ante el mundo y comprender que hay limitaciones de diferente índole y que las demás personas también tienen deseos y necesidades que no siempre van en consonancia con los suyos.

La bienintencionada sobreprotección hacia los niños para que no sientan frustración implica el riesgo de que no desarrollen aquellas estrategias de afrontamiento para poder manejarla de forma saludable, lo que les generará más sufrimiento cuando tengan que enfrentarse a ella en futuras ocasiones.

Entendemos por tolerancia a la frustración la habilidad de las personas para gestionar y tolerar las emociones desagradables y el malestar asociado a determinadas situaciones. Como habilidad, se puede desarrollar, y a tal efecto es importante aprender que hay una diferencia entre nuestros deseos y la realidad, que la vida no siempre es fácil o cómoda y que el hecho de no conseguir una meta no es igual al fracaso, entre otros aspectos. Por lo tanto, el significado que construimos alrededor de la experiencia frustrante es clave para su manejo.

Puesto que experimentamos frustración desde bien pequeños, tenemos la oportunidad de ayudar a los niños en el desarrollo de herramientas para su tolerancia y manejo.

Algunos consejos para ayudar a los niños a desarrollar la tolerancia a la frustración

Poner límites: Los límites son fundamentales para superar la posición egocentrada, aunque no hay que confundir la autoridad con el autoritarismo. Poner límites razonables, explicando su existencia y propósito y adecuarlos a la edad del niño junto con una explicación de las consecuencias de transgredirlos, desde la tranquilidad y la comprensión es recibido de forma diferente que “porque lo digo yo” o de amenazar con un castigo sin dar más explicaciones.

Postergar las gratificaciones: Aprender que no siempre se pueden conseguir las cosas con inmediatez ayuda a desarrollar habilidades como la perseverancia y a postergar la gratificación para poder proyectarse en metas a largo plazo sin la necesidad de la recompensa inmediata, por lo que es interesante que los niños se familiaricen con este aspecto.

Ayudarles a comprender la situación: Los niños comprenden el mundo en base a las categorías de que disponen, por lo que tomarse un tiempo de calidad para estar con ellos y poder explicarles las cosas les ayudará a ir dando significado y reorganizar su experiencia. Por pequeño que sea el niño, se beneficiará de que le expliquemos las cosas tal y como son adaptando, claro está, la información a su edad y necesidades. Comprender que lo ideal es diferente de lo real ayuda a generar expectativas realistas.

Ayudarles a reconocer las emociones, permitiéndolas y dar herramientas para gestionarlas: Conectar con los niños desde el afecto y ayudarles a poner nombre y entender las diferentes emociones que están sintiendo, así como dotarlos de estrategias para calmarse les ayudará a frenar la impulsividad y a no desarrollar estrategias de afrontamiento evitativas o agresivas.

Predicar con el ejemplo: Es complicado transmitir algo que nosotros mismos tenemos que resolver; ¿cómo tolero yo la frustración?¿cómo reacciono cuando algo no sale de acuerdo a lo planeado? ¿Suelo buscar “culpables” en el exterior? ¿Me responsabilizo de mis emociones? ¿qué significado le doy al error? ¿lo vivo como algo insoportable? Son preguntas que nos ayudarán a tomar conciencia de cómo nos desempeñamos nosotros mismos en este área.

Evitar la sobreprotección: Como ya se ha mencionado anteriormente, aún desde la mejor de las intenciones, evitar que los niños se enfrenten a la frustración puede repercutir en el desarrollo de la autoestima y de la seguridad emocional que le permita enfrentarse a los obstáculos confiando en sus recursos. Aunque nos cueste, debemos confiar en sus capacidades para resolver ellos mismos pues de lo contrario les mandamos el mensaje de que ellos solos no pueden.

Evitar las críticas o “etiquetas” ante los errores: Equivocarse es parte del propio proceso de aprendizaje, pero puede ser una fuente importante de frustración. Así, si confiamos en nuestros hijos y en su capacidad, les ayudaremos a vivir este error como lo que es, una oportunidad para aprender de la situación que se puede gestionar para seguir adelante y no como algo indeseable e insoportable. Este aspecto es importante porque penalizar los errores desde la crítica (“eres un desastre”) puede invitar a la lectura por parte del niño de que nuestro afecto como padres depende de que cumpla con las metas y objetivos, ser querido por “el hacer” (exigencia) en lugar de sentirse aceptado y querido simplemente por ser (autoestima). Si criticamos en lugar de ayudarle a comprender lo que sucede y ayudarle a buscar alternativas de solución reforzando aquellas conductas deseables es más probable que se genere culpa en lugar responsabilidad.