Cultivar la paciencia.

 

La palabra paciencia deriva del latín “patiens”, que significa el que padece. Implica, por lo tanto, un sufrimiento muchas veces poco tolerable en el mundo en el que vivimos, en el cual esperamos resultados inmediatos, sin sufrimiento, sin espera y sin esfuerzo, pero a menudo los cambios importantes en la vida, es inevitable que conlleven este padecimiento.

Evitar el dolor es lo que nos lleva muchas veces a la impaciencia, buscamos activamente la satisfacción y resultados inmediatos. Muchas veces durante el proceso terapéutico la persona también puede vivir esta impaciencia y buscar cambios inmediatos. Para ejemplificar esto, me gustaría compartir con vosotras este cuento:

La mujer y el león.

Según una antigua leyenda etíope, hace muchos años, en un poblado vivían un hombre y una mujer que estaban viudos, aunque todavía eran jóvenes. Todos los días, ambos iban al mismo pozo. Ella iba a sacar agua para las necesidades de la casa y él llevaba su ganado para abrevar.

Con el paso del tiempo se enamoraron y decidieron casarse. La alegría de la mujer fue grande cuando se fue a vivir a la casa de su nuevo marido porque éste tenía además un hijo, y ella no había tenido hijos con su marido anterior. La mujer le preparaba cada día su comida favorita y era muy amable con él, pero el niño todavía lloraba la muerte de su madre y se mostraba enfadado con la nueva mujer de su padre, rechazando sus muestras de afecto. A pesar de todos los intentos de la mujer por hacerse querer, el niño la ignoraba. Incluso se negaba a dirigirle la palabra.

Transcurrido un tiempo, la mujer, llena de decepción y tristeza, fue a buscar la ayuda de un hechicero que vivía en una colina cercana.

– ¡Por favor, prepárame una poción de amor para que el hijo de mi marido me quiera! ­suplicó la mujer muy angustiada.

-Puedo preparártela ­-le contestó el hechicero­- pero los ingredientes son muy difíciles de obtener. Debes traerme tres pelos del bigote de un león vivo.

La mujer suplicó que le pidiera otra cosa porque aquello le parecía imposible de conseguir ya que, al acercarse, el león la devoraría. Pero el hechicero insistió en que ésa era la única forma de conseguir lo que quería.

Se fue afligida pero dispuesta a intentarlo, porque era mucho lo que ya quería a aquel niño. Con el nuevo día, cogió un cuenco con abundante comida y se dirigió a un lugar donde vivía un león muy grande. Y esperó. Pasado un tiempo, lo vio venir. Al oír su rugido, dejó caer el cuenco y huyó.

Al día siguiente fue otra vez con más comida al lugar donde vivía el león, esperó a que apareciera y dejó el cuenco en el suelo antes de marcharse.

Cada día le dejaba más cerca la comida y esperaba un poco más antes de irse.

En cierta ocasión decidió esperar a que el león comiera la carne para mirarle desde la distancia. Otro día se puso lo bastante cerca como para poder oír su respiración y, al cabo de un tiempo, se acercó tanto que podía olerlo. Siempre le decía palabras suaves y amables. Después de mucho, mucho tiempo, consiguió quedarse cerca de él mientras comía.

Y llegó el momento en que el león se mostró tranquilo en su presencia; se estiraba y dejaba que le acariciase el lomo, pareciendo relajado y feliz. Así que la joven mujer decidió que había llegado el momento de cumplir con su objetivo. Y un día, mientras acariciaba la cabeza del león y le hablaba suavemente, tomó tres pelos de su bigote sin que el león lo notara.

-Gracias, querido amigo ­-le dijo llena de alegría-. Entonces se fue directamente a la colina para dárselos al hechicero.

-Aquí tienes, te he traído los pelos de un león vivo ­-anunció entregándolos al hechicero, que estaba sentado fuera de su cabaña frente al fuego.

-Ya veo que los tienes ­-dijo el hechicero sonriendo, mientras examinaba los tres pelos.

E inmediatamente, ante la mirada atónita de la mujer, los tiró al fuego.

-Pero, ¿qué has hecho? -­le gritó ella.­ ¡Eran para la poción de amor que me ibas a preparar! ¿Sabes lo difícil que ha sido para mí conseguirlos? He necesitado meses para ganarme la confianza del león.

-¿De verdad crees que el amor y la confianza de un niño pueden ser más difíciles de conseguir que los pelos de un animal salvaje? ­-le preguntó el hechicero.

La mujer comprendió enseguida lo que el hechicero trataba de decirle. Gracias a su paciencia y constancia a lo largo de los meses y a sus formas suaves de acercarse al león, se había ganado la confianza del fiero animal. Así que a partir de ahora se acercaría al niño poco a poco, respetando sus necesidades y sus sentimientos; sin imponerle nada, pero sin por eso abandonar su propósito.

Después de un tiempo, el niño empezó a recibir de buen grado las muestras de amor de la mujer, hasta que finalmente la aceptó como su madre y la dejó entrar en su corazón.

La paciencia es protectora, pues nos permite atravesar situaciones adversas sin derrumbarnos, ¿Te animas a cultivarla?