¿Dónde sientes miedo?

Intentamos buscar el miedo en el cerebro.

Lo buscamos e intentamos entenderlo, ponerle nombre.

Pero, ¿dónde lo sentimos? ¿Alguna vez os habéis señalado el pecho, la garganta o el estómago y habéis dicho: “aquí, aquí tengo miedo”?

Estamos acostumbrados a definir lo que nos pasa desde el lenguaje y desde definiciones que nos han enseñado o hemos aprendido, pero es importante que aprendamos también a localizarlo.

Frente al miedo, nuestro cuerpo nos prepara para dos opciones: luchar o salir volando. Fight or Flight, que dirían los anglosajones. Algunas reacciones fisiológicas son la dilatación de las pupilas para ver mejor, se nos acelera el corazón para que llegue más sangre a nuestras extremidades y empezamos a sudar para enfriar el cuerpo.

Parece, pues, que el miedo reside en nuestro cuerpo pero seguimos combatiéndolo desde nuestra mente. Me atrevería a decir que la tercera opción frente al miedo, nace precisamente de nuestro intelecto. Analizamos y juzgamos, y eso nos paraliza.

El miedo es un marcador de nuestro instinto más primario: sobrevivir. Y es necesario, como casi todo lo que le sucede a nuestro cuerpo. Si entendemos nuestras emociones a un nivel más profundo, podremos llegar a gestionarlas con menos sufrimiento. Eso también nos ayudará a SENTIR las emociones a través de nuestra parte corpórea, y no sólo a pensarlas a través de nuestra mente.

¿Cuántas veces hemos dicho: “es un miedo irracional, no debería sentirlo”? El caso es que lo sentimos, que nuestro cuerpo experimenta ciertas reacciones frente a un estímulo. Quizá sea por experiencias pasadas que ya no recordamos, o quizá sea un mecanismo de defensa con el que nos avisa de que algo pasa ahí con lo que no se siento cómodo. Lo sentimos y debemos gestionarlo.

Os reto a que escuchéis más a vuestro cuerpo durante unas horas. Ya me contaréis qué sentís.