El cambio permanente es lo único que no cambia.

Tal y como expresa la frase de Heráclito que titula este artículo, el constante cambio forma parte del proceso natural de la vida, es inevitable, y por lo tanto, esta naturaleza permanente del proceso de cambio es lo único de lo que podemos estar seguros que no cambiará en nuestras vidas.

A pesar de esta naturaleza permanente del cambio, cualquier variación de nuestra cotidianidad, de nuestra zona de confort, la solemos sentir con incomodidad y malestar. Nos resistimos a los cambios generalmente por miedo a lo desconocido, por nuestra historia personal, nuestros prejuicios, por resistencia a experimentar, falta de creatividad y, principalmente, por miedo al fracaso.

Desde un punto de vista evolucionista, los humanos sentimos cierta ambivalencia hacia los cambios. Por una parte los apreciamos porque ello nos ha permitido adaptarnos de forma espectacular a todos los entornos en los que hemos vivido y, por otra, mostramos ciertas resistencias porque siempre vienen asociados a incertidumbre, inestabilidad, desorden y dificultan la predicción y el control del entorno. Nos movemos, por tanto, entre dos extremos en lo que a los cambios se refiere y donde resulta que lo adaptativo es funcionar mayoritariamente en los puntos medios.

Los hábitos nos ayudan en nuestra vida cotidiana, porque permiten que no tengamos que estar decidiendo cada uno de nuestros actos continuamente. Automatizamos la mayoría de actos de nuestra vida cotidiana, los hábitos que no nos son beneficiosos también.

La gran mayoría de nosotros hemos podido constatar la gran dificultad que supone deshacernos de estos malos hábitos. Además, una vez que se pierden quedan latentes dentro de nuestro cerebro.

Según un estudio publicado en la revista “Nature” dirigido por Ann Gaybiel, profesora de Neurociencia, existe una región del cerebro específica que cambia cuando adquirimos un nuevo hábito, que vuelve a cambiar cuando este hábito se abandona, pero que rápidamente se activa cuando algún elemento nos recuerda la vieja costumbre abandonada. Adquirir una rutina supone un esfuerzo considerable para el cerebro, por lo que este almacena en su memoria la “plantilla del hábito”, para reactivarla ante la más mínima señal.

El desarrollo psicológico de las personas es un proceso de cambio continuo. Los psicólogos evolutivos han estudiado dichos cambios y llegado a algunas conclusiones interesantes:

  • La vida es un juego entre el cambio y la continuidad.
  • Los cambios interactúan unos con otros a modo de un sistema, de tal manera que un cambio en un aspecto afecta a otros aspectos, tanto en nuestras vidas como en las de los que nos rodean.
  • Un cambio en apariencia pequeño puede llegar a tener unos efectos impresionantes, así como un gran cambio puede no tener consecuencias importantes en la estructura básica de la persona.

¿Realmente las personas pueden cambiar?

Cuántas veces hemos oído frases como “Yo soy así”, “Las personas no cambian” o “Genio y figura hasta la sepultura”.

Por lo tanto, ¿Es posible cambiar?.

Según Robert Dilts, especialista en PNL “Hay que querer cambiar, saber cómo cambiar y darse la oportunidad de cambiar”. Lo primero es tomar la determinación de cambiar y después elaborar un plan de cómo vas a hacer ese cambio, es decir tener presente los recursos que necesitamos para realizarlo (conocimientos, habilidades, información, etc).

Dilts resume su concepto de cambio psicológico con la siguiente fórmula:

Estado presente+ recursos= Estado deseado.

Para Renny Yagosesky, psicólogo, conferencista y escritor, el cambio psicológico para ser verdaderamente valioso, debe incluir el elemento conciencia, pues sólo así puede servir a un proceso evolución congruente y estable, en el cual se sintonizan valores, objetivos y acciones, para generar un resultado beneficioso tanto para el sujeto como para su entorno.

Afirma, además, que el cambio verdadero involucra modificaciones en lo cognitivo, lo emotivo y lo conductual; que es un proceso necesario y posible: necesario para ajustarnos a las variaciones de la realidad, y posible, por cuanto somos portadores de numerosos recursos para ello. En su “Modelo del Cambio Personal” hay cinco pasos que deben cumplirse: Querer el cambio, créelo posible, crearlo en la mente, iniciarlo por vía de la acción y sostenerlo de manera voluntaria.

Todos hemos experimentado en alguna ocasión lo complicado que puede resultar instaurar un nuevo hábito, o incluso más difícil, modificar o eliminar una conducta adquirida. ¿Quién de nosotros no se ha propuesto acudir de manera regular al gimnasio, cambiar los hábitos alimentarios, abandonar el tabaco, acostarse a una hora razonable o dejar de ver a una persona que nos hace daño? Existen múltiples situaciones, que a pesar de ser totalmente distintas, se caracterizan por definirse como un hábito que el sujeto desea cambiar.

A partir de la pregunta: “¿Qué es lo que hace cambiar a las personas cuando pretenden modificar alguna situación indeseable o problemática?, James Prochaska y Carlo Diclemente crearon un modelo para intentar comprender qué, cómo, cuándo y por qué cambian las personas. Este modelo, denominado la rueda del cambio, encierra una visión del hombre como ser activo; capaz de elegir y determinar sus propias acciones.

La rueda del cambio se puede aplicar a un sinfín de situaciones; desde conductas sencillas de la vida cotidiana a otras que repercuten de forma importante en la salud del individuo.

Algunas de implicaciones prácticas más importantes del modelo de la rueda del cambio son:

  • Es necesario realizar varios intentos de cese del hábito para lograr cambios.
  • La recaída en el viejo hábito puede ser una oportunidad para el cambio y el desarrollo, llevando a la persona más cerca a la recuperación.

Antonio Bolinches, autor del libro “El Cambio Psicológico”, señala que somos hijos de nuestro pasado, pero a la vez, padres de nuestro futuro, y que la prueba de que sí podemos cambiar es que muchos otros ya han cambiado.

Las personas, por lo tanto, podemos vivir en un permanente cambio, ir renovándonos, mejorar nuestro bienestar, nuestras relaciones, nuestra vida, reinventándonos continuamente.