El peso de la culpa

Perdonar puede resultar muy difícil para algunas personas. Tanto como pedir disculpas, pero a veces mucho más. Hay una frase popular que dice “yo claro que perdono, pero no olvido” ¿Para qué te sirve entonces? El perdón no se pide en realidad por el otro, se pide por uno mismo, para liberar y reparar esa emoción que nos aporta sensaciones negativas. Cuando decidimos perdonar a alguien nos liberamos de una carga, de mantener nuestro pensamiento y nuestro sentimiento preso o esclavo de una persona que quizá no nos aporta nada bueno. Cuando perdonas no quiere decir que tienes que hacer como si no hubiera pasado. Puede que esa relación personal se rompa. Pero tú decides no alimentar el rencor y mirar hacia el futuro.

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Una función importante del perdón también es la de reparar. Cuando pensamos que hemos dañado a alguien, pedirle disculpas es una manera de intentar arreglar la relación. Sin embargo, la decisión de perdonarte o no hacerlo es sólo suya, eso no puede influir en tu estado de ánimo. Si has hecho todo lo honestamente posible por reparar tu falta, no debes permitir que la otra persona te haga pagar ‘intereses’ eternos. Si te perdonan es para dejar aquello atrás, sino es chantaje.

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Y algo todavía más difícil de conseguir a veces sobre el perdón es poder perdonarte a ti mismo. Cuando a pesar de que pasa el tiempo, de que quizá la persona ofendida ya quedó atrás o ni siquiera te lo reprocha, si a pesar de creer que has hecho todo lo posible te sigues sintiendo culpable, esa culpa no es sana. Quizá necesites ayuda para liberarla o digerirla. Vivir sin rencor ni culpa es una mejor garantía de éxito y realización personal.

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