EMOCIONES Y POSTURA CORPORAL

Cuando manifestamos emociones podemos comprobar que el cuerpo actúa en función de esa emoción expresada. El llanto encoge, cierra, repliega, la espalda suele curvarse y si pudiéramos entraríamos más y más en nosotros hasta fundirnos con ese llanto. Por contra la risa expande, abre. Cuando la alegría se expresa el gesto se amplía, la cabeza se yergue, los brazos tienden a abrirse como si quisieran abarcar más espacio vital.

Así pues, ambos, emoción y expresión corporal se determinan mutuamente y se retroalimentan. De ahí que tenga su importancia observar nuestra postura, la tendencia de nuestro cuerpo a manifestarse, no sólo por una cuestión de higiene postural y cuidado de nuestra columna, si no porque puede ser un indicio o dar alguna pista de alguna emoción que está ahí y que probablemente aún no tengamos integrada ni hayamos reconocido. En definitiva, se trata de tomar conciencia de ello.

Por eso, trabajando sobre nuestra postura, tras advertir esa pauta de encogimiento o curvatura de la espalda hacia delante, siempre podemos intentar modificar o actuar sobre esa emoción. De entrada, la voluntad expresa de cambio, de incidir sobre esa postura, marcará también la dirección en la que trabajar esa emoción. Habrá una identificación, un darse cuenta y a partir de ahí la oportunidad de observar y trabajar esa emoción de una manera consciente .

Y no hablamos aquí de una postura de la espalda producto de una lesión, desgaste óseo, o cualquier otra patología, sino de ese encogimiento físico que expresa, a su vez, un encogimiento frente a la vida. Como siempre, el cuerpo, nuestro soporte vital, puede intervenir una vez más como aliado y actuar como intermediario y mensajero de nuestras emociones, pensamientos y estado energético. Se trata tan sólo de prestar atención y actuar en consecuencia.