¿Forma la rabia parte de mí?

 

Cuántas veces hemos dicho: “soy una persona triste” o “soy una persona rabiosa” en vez de: “siento rabia” o “me siento triste”.

A menudo nos identificamos con nuestros pensamientos y emociones, pensamos que somos ellos. Por esta razón es importante hacer un intento consciente para dar un paso atrás, no dejarse superar por la emoción y darse cuenta de que una no es la emoción que siente y que no estamos obligadas a actuar según ellas.

Para ejemplificar esto, os dejo con un cuento que habla de la emoción de la rabia:

Cuentan que un hombre sufría con gran frecuencia ataques de rabia, así que decidió un día abordar esta situación. Para ello se fue al encuentro de una vieja sabia con fama de conocer la naturaleza humana. Cuando llegó a su presencia, habló de este modo:

-Señora, quiero solicitar tu ayuda, ya que tengo fuertes arranques de rabia que están haciendo mi vida muy desgraciada. Yo sé que soy así, pero también sé que puedo cambiar si usted me aconseja.

Lo que me cuentas es muy interesante -dijo la anciana-. De todas maneras, para poder tratar bien tu problema es necesario que me muestres tu rabia y así pueda saber de qué naturaleza es.

-Pero ahora no tengo rabia -argumentó el hombre.

-Bien -contestó la anciana-, lo que tendrás que hacer en este caso es que la próxima vez que la rabia te invada, has de venir lo más deprisa posible a enseñármela.

El hombre iracundo se mostró de acuerdo y regresó a su casa. Pero pocos días después se encontró de nuevo con otro ataque de rabia y marchó rápidamente a ver a la anciana. Sin embargo, ocurría que el viejo habitaba en lo más alto de una colina muy alejada, así que cuando por fin alcanzó la cima y se presentó a la sabia…

-Señora, estoy aquí de nuevo como me dijiste.

-Estupendo, muéstrame tu rabia.

Pero al pobre hombre se le había pasado la rabia durante la subida.

-Es posible que no hayas venido lo suficientemente rápido -dijo la anciana-. La próxima vez corre mucho más deprisa y así llegarás todavía con rabia.

Pasados unos días, al hombre le asaltó otro fuerte ataque de rabia y recordando la recomendación de la sabia, comenzó a correr cuesta arriba todo lo rápido que pudo. Cuando media hora después llegó completamente agotado a casa de la anciana, ésta le reprendió severamente:

-Esto no puede continuar así, otra vez llegas sin rabia. Creo que debes esforzarte aún más y tratar de subir las cuestas mucho más deprisa. De otro modo no voy a poder ayudarte.

El hombre marchó entristecido, jurándose a sí mismo que la próxima ocasión correría con todas sus fuerzas para llegar a tiempo de mostrar su rabia.

Pero no ocurrió así. Una y otra vez subía la cuesta, y a cada ocasión llegaba más y más fatigado y desde luego sin un asomo de rabia.

Un día que llegó especialmente extenuado, la sabia anciana, por fin, le dijo:

-Creo que me has engañado. Si la rabia formara parte de ti, podrías enseñármela. Has subido a mi casa veinte veces y nunca has sido capaz de mostrarla. Esa ira no te pertenece. No es tuya. Te atrapa en algún lugar y con algún motivo y luego te abandona. Por tanto, la solución es fácil: la próxima vez que quiera llegar a ti, no te aferres a ella.