KINTSUGI: ¿Qué historia cuentan tus cicatrices?

Hoy me gustaría compartir con vosotros este breve vídeo sobre el Kintsugi, una técnica ancestral japonesa para reparar reparar objetos juntando las piezas con oro, lo que acaba resultando en un objeto todavía más bello que el que era antes de romperse, que cuenta su historia y enaltece y honra la evidencia de la impermanencia y la fragilidad de las cosas.

Sanando heridas

La mente y el cuerpo tienen un sistema de autocuración para reparar el daño físico y emocional y algunas veces, las heridas se curan sin tener que prestarles demasiada atención por vía de este mecanismo natural. Todos nos hemos cortado el dedo con un papel y hemos observado como en pocos días la herida ha cicatrizado y se ha curado sin mucho más que tal vez un poco de saliva al llevarnos el dedo a la boca casi por impulso.

Otras veces, la herida es más profunda y requiere de cuidados especiales para su sanación. Debemos limpiarla y curarla varias veces durante un tiempo más o menos prolongado, protegerla con vendas y ungüentos y poco a poco, va cicatrizando, dejando como resultado una cicatriz que nos recuerda el daño sufrido, pero que ya no duele.

Así funciona también la mente. Algunas heridas emocionales precisan de nuestra atención y trabajo activo para poder ser sanadas y aún así nunca se reestablecerá el orden anterior de las cosas. Nunca podremos volver a nuestra historia sin la presencia de esa situación traumática, de esa pérdida o ese daño que sufrimos; lo que podemos hacer es, como el Kintsugi, recomponer los fragmentos de esa historia para que un día, al mirar atrás, podamos observar la cicatriz que nos dejó pero que ya no duela, evidenciándola en lugar de esconderla, porque esa cicatriz es lo que nos ha convertido en lo que somos ahora.

Nuestras cicatrices cuentan nuestra historia

Aferrarse al orden anterior, que parecía imperturbable y que ya no volverá, sólo nos llevará a la frustración, e intentar olvidar, aunque tentador, resulta imposible en muchas ocasiones y no da cuenta de todo aquél sufrimiento que hemos atravesado en nuestros esfuerzos por recomponernos.

El dolor que sentimos cuando nos rompimos en mil pedazos nunca caerá en el olvido y nuestra superficie, como la de los objetos que un día se rompieron, no volverá a ser lisa. Pero en lugar de hacer esfuerzos infructuosos para esconder esa cicatriz, podemos darle el valor que merece, honrarla con respeto al dolor sufrido y el aprendizaje y crecimiento que surgieron de él y que resultaron en la creación de algo nuevo, puede que no perfecto pero bello en su imperfección.