La buena suerte

aceboSe acercan las Navidades y, como siempre, se habla de la suerte más que en otras épocas del año: si nos tocará la Lotería, si el año que viene tendremos más suerte o si nos pasarán más cosas buenas.

Hace 10 años, Alex Rovira, empresario y autor de diferentes libros de desarrollo personal, escribió “La buena suerte”. Diferenciaba en él la suerte de la buena suerte, considerando que una se deja en manos del azar y la otra la crea cada uno.

La intención de este libro es ayudarnos a cambiar nuestros esquemas tomando responsabilidad de las cosas que nos pasan en la vida. El texto se centra en cómo generar estas circunstancias, aprender de los errores y aprovechar el fracaso para conocernos y posteriormente, tomar decisiones más acertadas. Hasta aquí, todo correcto y totalmente de acuerdo.

El pequeño inconveniente del libro, es que no tiene en cuenta la suerte como disposición del azar, ni, evidentemente, la mala suerte. La idea es que ésta no existe y si existe, como uno se centra en crear buena suerte, no la experimentará jamás. Como consecuencia, si una persona tiene mala suerte, que en mi opinión y seguramente también lo piensen los lectores, sí puede ocurrir, y siguiendo con la idea de tomar responsabilidad de nuestra realidad, uno se acaba atribuyendo todo el peso de la culpa delante de los problemas y, a la larga, esto afecta en su actitud y decisiones.

Vemos entonces que, lo importante es saber distinguir cuando la buena suerte y la mala suerte son generadas por uno mismo y cuando son generadas por el azar. Un ejemplo muy claro sobre esta diferenciación es la enfermedad. Hay enfermedades que sí pueden haber sido provocadas por unos malos hábitos de vida y entonces decimos que uno se hace responsable, que no culpable. Pero hay otras que no tienen demasiadas explicaciones y, a menudo uno, bajo estas circunstancias, se pregunta: “¿por qué yo? Es que tengo mala suerte”.

La gran dificultad que tenemos es que no podemos separarnos emocionalmente de los problemas. Es decir, separar la emoción (miedo, tristeza o frustración) de lo que piensa uno de la vida, de sí mismo como autor de la circunstancias, de la creencia de si tiene buena o mala suerte. Si siguiéramos las claves del libro, cuando vivimos una circunstancia negativa, nos haríamos responsables y pasaríamos a la acción para resolverla, sin sentimos ni culpables, ni víctimas, porque nos separaríamos emocionalmente de la situación. Pero esto, a muchos, aún nos cuesta hacerlo.

La clave, entonces es:

  1. En primer lugar, cuando nos encontramos con un problema, buscar aquellas explicaciones externas que no vayan con nosotros. Esto nos ayudará a no hacernos “culpables” de lo que nos haya pasado. Y luego, analizar si podemos hacer algo al respecto, tomamos responsabilidad. ¿Qué acciones podemos llevar a cabo para resolverlo o por lo menos, para llevarlo mejor? Al plantearlo en positivo: “qué puedo hacer”, al cerebro le decimos que tenemos herramientas para resolverlo, no que es un “pringado” (por ejemplo…cada uno tiene su “palabra” preferida).
  2. Teniendo en cuenta que la buena suerte es la combinación de aptitud y oportunidad, cuando estamos en una situación de mala suerte, lo mejor es preguntarnos cuál de las dos es la que está fallando. ¿Es la aptitud? ¿Es la oportunidad? En tiempos de crisis las oportunidades disminuyen, pero si aprovechamos nuestras aptitudes para generar algo positivo conseguiremos una parte de lo deseado. Si falla la aptitud, ya sabemos, cambiamos de rumbo o trabajamos en las aptitudes para mejorarlas.
  3. Cuando la mala suerte es provocada por el azar, mejor prepararse para vivir la situación de la mejor manera posible. Si se resuelve, genial, si no, espera. No perdamos el tiempo en pensar las causas, ni en la solución, en este caso, pensar en el día a día es la mejor opción.
  4. Una idea que el libro me transmitió y que defiendo, es que tener la etiqueta de “persona con mala suerte” nos produce malestar e insatisfacción y puede llevarnos a tener realmente mala suerte. Pretende que la cambiemos por la de “persona con buena suerte” pensando que la suerte depende de lo que hacemos. Pero, como decíamos antes, para evitar caer en malentendidos, la clave está en eliminar las dos etiquetas, pensar que ni la mala suerte ni la buena suerte es un tema de energías, ni tampoco de nuestra capacidad para atraerlas o de generarlas, sino que es una idea fuera de nosotros y fuera del universo. Evidentemente, crear las circunstancias adecuadas nos lleva resultados deseados, pero la suerte debe ser un concepto que, a pesar de existir, no nos debemos tomar tan en serio, es la única forma de separnos de ella y disfrutar de lo que tenemos.

FELICES FIESTAS!