La esperanza.

 

Según Daniel Goleman entre otros, la esperanza no solo ofrece consuelo a la aflicción, sino que desempeña un papel muy importante en dominios tan diversos como el rendimiento escolar y laboral. Técnicamente hablando la esperanza es algo más que la visión ingenua de que todo irá bien; según C. R. Snyder se trata de la “creencia de que uno tiene la voluntad y dispone de la forma de llevar a cabo sus objetivos, cualesquiera que estos sean”

Ciertamente, no todo el mundo tiene el mismo grado de expectativas con respecto a sus capacidades. Hay quienes creen que son capaces de salir de cualquier situación o de encontrar la forma de resolver los problemas, mientras que otros simplemente no se ven con la energía, la capacidad o los medios de alcanzar sus objetivos.

Desde el punto, de vista de la inteligencia emocional, la esperanza significa que una no se rinde a la ansiedad, el derrotismo o las emociones desagradables cuando tropieza con dificultades y contratiempos. De hechos, las personas esperanzadas se sucumben menos a las emociones desagradables cuando se encuentran en el proceso de búsqueda de sus objetivos.

Según cuenta la conocida leyenda de la caja de pandora, los dioses, celosos de su belleza regalaron a Pandora, una princesa de la antigua Grecia, una misteriosa caja advirtiéndole que jamás debería abrirla. Pero un día, la curiosidad y la tentación pudieron más que ella, y finalmente abrió la tapa para ver su contenido, libreando así al mundo las grandes aflicciones. Cerró la caja justo cuando la esperanza, el único remedio que hace insoportable tales miserias, estaba a punto de salir. Desde entonces Pandora se dedica a ofrecer a la huminad la esperanza contenida en la caja como símbolo de que ésta puede contrarrestar el sufrimiento y nos puede ayudar a amortiguar el impacto que suponen las crisis, los duelos, las emociones desagradables, etc.

Para profundizar más en el concepto de esperanza, os dejo a continuación con un cuento jorge Bucay, las ranas y la nata:

Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil; sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.

Una de ellas dijo en voz alta: – “No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir, no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril”.

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco.

La otra rana, más persistente o quizás más tozuda se dijo: – “¡No hay manera! Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mí último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora”.

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.

Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.