LA MUERTE FINGIDA: nuestra respuesta de supervivencia más primitiva

Ante una situación de amenaza inminente a nuestra seguridad y/o integridad física o psicológica, se ponen en marcha una serie de mecanismos biológicamente programados para iniciar respuestas muy automáticas dirigidas a asegurar la superviencia.

Tendemos a pensar que nuestro comportamiento es siempre mediado por nuestro juicio racional, en base a la interpretación de la situación y elección de la respuesta más apropiada. Las funciones de planificación, toma de decisiones y juicio racional (entre muchas otras) son mediadas por la parte más frontal y superior de nuestro cerebro, el córtex prefrontal, especialmente del hemisferio izquierdo. Sin embargo, esto no siempre es así, sobretodo cuando nos referimos a las experiencias traumáticas en que nuestro sistema percibe la situación como una amenaza inminente a nuestra seguridad, en que nuestro cerebro se pone en “modo de alerta”.

Durante la vivencia de este tipo de experiencias, nuestro cerebro cambia su modo de proceder habitual e inhibe diferentes áreas que no son específicamente necesarias para la supervivencia en una sabia maniobra para economizar recursos pero que suele tener consecuencias en la consolidación del recuerdo y el desarrollo de sintomatología posterior. Si necesitamos responder de forma rápida, en milésimas de segundo, no podemos “perder el tiempo” analizando la situación detenidamente, contrastando diferentes opciones de respuesta, anticipando las consecuencias de cada una y eligiendo la que mejor interpretemos que nos puede servir para nuestro objetivo. Cuando se produce esta amenaza inminente, nuestro sistema tiene una configuración creada a través de miles de años de desarrollo filogenético de la especie para poder actuar al margen de nuestra consciencia reflexiva, que evolutivamente hablando, es relativamente “nueva”.

Ante la amenaza, una estructura cerebral del sistema límbico llamada amígdala (el detector de humo -y centro emocional- del cerebro) hace una primera valoración muy tosca en relación al nivel de peligro de la situación y si este es muy elevado, toma el mando y sin mediación de nuestra parte “pensante” pone en marcha una serie de respuestas de supervivencia mediadas por el sistema nervioso autónomo. Estas respuestas pueden ser movilizadoras y cursar con hiperactivación del sistema nervioso, lo que permite una serie de cambios fisiológicos para huir o luchar contra la amenaza. Si estas respuestas se ven truncadas o bien son opciones que no están disponibles, el sistema dispone que la mejor manera de sobrevivir es quedarse inmóvil, activando respuestas inmovilizadoras de paralización o de “muerte fingida”. Seha llamado muerte fingida a una conducta parecida a la muerte que posibilita la supervivencia cuando los depredadores están próximos y puede haber anestesia, anaglesia y enlentecimiento de las reacciones musculares/esqueléticas (Ogden, Minton y Pain, 2009).No es una respuesta decidida, pensada, sino que es una respuesta refleja procedente de nuestro cerebro más antiguo para asegurar nuestra supervivencia. En otras palabras, no estamos eligiendo reflexivamente cómo actuar.

Este es un aspecto muy relevante a tener en cuenta porque muchas personas que han sido víctimas de agresiones, abusos o violaciones sienten vergüenza y culpa por “no haber hecho nada”, por “no haber luchado” contra su agresor o agresores, e incluso muchas veces esta respuesta es motivo de desamparo legal . Es fundamental que estas personas comprendan que no pudieron elegir, que su sistema nervioso autónomo (específicamente la rama vagal dorsal) tomaba el mando para asegurar su supervivencia.

Si estamos sufriendo una agresión (o cualquier otra experiencia en la que sentimos un miedo intenso) y la respuestas de huida o de lucha no están disponibles sino que supondrían la posibilidad de una amenaza todavía mayor, lo más oportuno en términos de supervivencia del individuo y, por tanto, de la especie, es la inmovilización. Y cuando se trata de sobrevivir, para nuestro cerebro, no hay elección.