La parábola del águila.

A menudo descartamos seguir nuestras propias normas y escuchar nuestras necesidades simplemente por encajar y por seguir lo que nos han inculcado como “normal”. A menudo nos cuesta poder salir de nuestras creencias de lo que pensamos que es correcto y “normal”, ya que recibimos una herencia invisible, en forma de constructos y maneras de ver el mundo, de la que a veces es difícil poder escapar. Para ejemplificar esto me gustaría dejaros con un cuento:

Un guerrero indio se encontró un huevo de águila, el cual recogió del suelo y colocó más tarde en el nido de una gallina. El resultado fue que el aguilucho se crió junto a los polluelos.

Así, creyéndose ella misma gallina, el águila se pasó la vida actuando como éstas. Rascaba la tierra en busca de semillas e insectos con los cuales alimentarse. Cacareaba y cloqueaba. Al volar, batía levemente las alas y agitaba escasamente su plumaje, de modo que apenas se elevaba un metro sobre el suelo. No le parecía anormal; así era como volaban las demás gallinas.

Un día vio que un ave majestuosa planeaba por el cielo despejado.

Volaba sin casi batir sus resplandecientes alas dejándose llevar gallardamente por las corrientes de aire.

– ¡Qué hermosa ave! -le dijo a la gallina que se hallaba a su lado. ¿Cuál es su nombre?

-Águila, la reina de las aves – le contesto ésta. Pero no te hagas ilusiones: nunca serás como ella.

El águila vieja dejó, en efecto, de prestarle atención.

Murió creyendo que era gallina.