La responsabilidad del cambio.

A menudo las personas viven instaladas en la queja sin realizar ningún cambio en su realidad. El problema de instalarse en la queja puede ser que, llevado al extremo, las personas se muestren como víctimas de manera permanente sin responsabilizarse de sus estados y acciones.

Instalarse en la queja implica no buscar soluciones y no emprenderlas, no pedir ayuda para solucionar sus problemas y solo lamentarse de sus problemas en busca de compasión.

Pero, ¿Qué nos aporta la queja?

A corto término, nos ofrece un alivio inmediato, ya que nos permite postergar algún asunto que requiere nuestra energía para ser solucionado, pero a largo plazo, precisamente, nos resta energía y capacidad para resolver dichos problemas, y, por lo tanto, nuestras posibilidades de cambio.

Para poder ejemplificar todo esto os invito a leer el siguiente cuento:

Una mañana soleada una niña se encontró con Perezoso, un perro que estaba sentado en medio de un camino y no paraba de gruñir y de quejarse.
-¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? -le preguntó dulcemente.
El animal negó con la cabeza. Y al hacerlo, la chica se dio cuenta de que los ojos de Perezoso estaban bañados en lágrimas. Su mirada reflejaba cierta angustia y tristeza.

De ahí que la niña, movida por sus buenas intenciones, insistiera:
-¿Quieres que te lleve al veterinario?
Haciendo caso omiso a su generosa invitación, Perezoso no dijo nada. Tan solo emitió un débil gemido. Era evidente que aquel perro estaba sufriendo. Tras unos segundos en silencio, la niña empezó a inquietarse, juzgando en su fuero interno la postura indolente adoptada por aquel animal. Y poco después, descubrió que Perezoso estaba sentado sobre un clavo oxidado.

-¿Acaso no te has dado cuenta de que estás sentado sobre un clavo? -exclamó sorprendida. Y añadió-: ¡Cuánto más tiempo tardes en sacártelo, más te dolerá la herida!
Por más que la niña tratara de ayudarle, no hubo manera. Perezoso seguía sentado sobre el clavo, emitiendo de forma intermitente un llanto cargado de dolor y resignación. Y lo cierto es que su actitud impacientó tanto a la niña, que llegó incluso a intentar levantarlo del suelo. Al no conseguir moverlo ni siquiera un centímetro, la niña le preguntó enfadada:
-¡Maldita sea! ¿Por qué diablos sigues sentado sobre un clavo oxidado?
Cansado de escuchar sus gritos, finalmente Perezoso le contestó con voz quejosa:
-Porque no me duele tanto como para hacer el esfuerzo de levantarme.

Fuente del cuento: Borja Vilaseca.