Las gafas con las que vemos el mundo

Nuestra experiencia es una contínua interacción entre el mundo exterior y el mundo interior. La información que percibimos a través de nuestros sentidos es filtrada y procesada por nuestro cerebro y nuestra mente en un proceso contínuo de interpretación del mundo que nos rodea en base a aquello que ya conocemos sobre éste y sobre nosotros mismos, es decir aquél aprendizaje que hemos construido a partir de experiencias anteriores. Estos aprendizajes se van configurando en creencias, que nos aportan una estructura para dicha interpretación; tienen un impacto en aquella información que será seleccionada para procesar y los términos en los que se realizará dicho proceso.

En pocas palabras, las nuestras creencias son las gafas que nos ponemos para percibir el mundo. Los hechos son simplemente eso, hechos. Sin embargo, las personas no reaccionamos a los hechos sino a la interpretación que hacemos de éstos en base a las gafas que llevamos puestas.

Si tenemos la creencia de que las demás personas «no son de fiar», nuestras experiencias relacionales serán interpretadas desde la base de esta creencia y muy probablemente esto ocasionará que adoptemos actitudes defensivas para protegernos de las intenciones ajenas, impidiéndonos relacionarnos desde la intimidad y generándonos malestar. A veces interpretaremos traición ante un hecho que podría ser leído desde múltiples alternativas de significado y cada vez que experimentemos dicha sensación, lo tomaremos como una confirmación de dicha creencia, por lo que se reforzará y mantendrá en nuestro sistema, provocando un impacto en nuestras nuevas relaciones. Aún cuando sentimos que una persona ha traicionado,por ejemplo, nuestra confianza, podemos concluir que un determinado acto o actitud de esta persona nos ha dañado pero eso no significa que las demás personas o esta misma vayan a tener este comportamiento en el futuro.

Las gafas que llevamos configuran la historia que nos contamos sobre lo que nos sucede, por lo que poder flexibilizarlas nos ayudará a poder construir un significado de nuestras experiencias que nos resulte adaptativo centrándonos en la idiosincrasia de la experiencia actual en el aquí y ahora, desde nuestra posición adulta. Ser conscientes de que llevamos estas gafas y explorarlas desde la conciencia reflexiva nos permitirá cuestionarlas y poder cambiarlas o flexibilizarlas.

Comparto con vosotros un cuento de origen budista que refleja muy bien esta cuestión:


“El profesor llegó a la casa del maestro zen y se presentó haciendo alarde de todos los títulos que había conseguido en sus largos años de estudio. Después, el profesor comentó el motivo de su visita, que no era otro que conocer los secretos de la sabiduría zen.
En lugar de darle explicaciones, el maestro le invitó a sentarse y le sirvió una taza de té. Cuando la taza rebosó, el sabio, aparentemente distraído, siguió vertiendo la infusión de manera que el líquido se derramaba por la mesa.
El profesor no pudo evitar llamarle la atención: «La taza está llena, ya no cabe más té» – le advirtió.
El maestro dejó la tetera a un lado para afirmar:
«Usted es como esta taza, llegó colmado de opiniones y prejuicios. A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada».