Mitos en la comunicación

Los seres humanos somos comunicativos por naturaleza, todas nuestras acciones suceden en la comunicación y sin ella seríamos incapaces de desarrollarnos como personas. Entendemos la comunicación como aquel conjunto de signos que forman un lenguaje. Y aunque compartimos los mismos signos y costumbres con las personas de nuestro entorno, por mucho que nos esforzamos en relacionarnos de manera efectiva, a menudo, nos equivocamos inevitablemente. Por ello haremos una revisión de algunas creencias que no son del todo beneficiosas en nuestra comunicación y, por tanto, en la manera de relacionar-nos con los demás.

En primer lugar, hablaremos de una creencia de que todos utilizamos como norma de oro que dice: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti“. Es una frase bien introducida en nuestra sociedad y que marca muchos de los comportamientos que creemos que tenemos que hacer. A simple vista, pensar así nos parece que es lo más adecuado ya que partimos de la base de que como a nosotros nos gusta que nos traten bien, a los demás también les gustará que los traten bien. Hasta aquí todo correcto. Pero, haciendo una aproximación más precisa, la dificultad que presenta esta creencia es enorme. El problema aparece cuando asumimos que las preferencias de los demás son las mismas que las nuestras y como consecuencia pensamos que nuestras preferencias son las que valen. Es decir, que las acciones que acompañan al concepto “tratar bien” es diferente para unos y para otros, y todo es válido.

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El Dr. Tim Carey, ejemplifica este hecho haciendo un símil con el café. Pongamos por caso que a mí me gusta el café solo. Si partiéramos de la base de que a todos los demás les gusta lo mismo que a mí, a todos les serviría café solo. En cambio, en este caso, primero preguntamos cómo quieren el café y, resulta que a los demás les gusta con leche, largo, tibio…

Pues lo mismo pasa a la hora de relacionarnos. Pondré otro ejemplo. Imaginemos una pareja que tiene una pequeña discusión. Y resulta que la mujer, que es muy extrovertida, que a veces tiene arrebatos y se enfada, pero que en general se le pasa rápido, a los dos minutos de discutir, va a abrazar a su compañero. Y el hombre, muy calmado e incluso amablemente, le dice que no quiere un abrazo en este momento. La mujer, no lo entiende y se ofende. Pues bien, imaginemos que la misma historia es a la inversa, y el hombre es el que va a dar un abrazo a la mujer, pero no a los dos minutos, sino al cabo de 15 minutos. Y todos contentos. En la primera versión, ella se mueve por preferencias y necesidades propias y pensando que también es la necesidad de él, pero no es así. Observamos como él, necesita un poco más de tiempo para volver a estar bien, y ella necesita el contacto para cerrar el tema.

Otra creencia es que la comunicación no verbal es el 90% de lo que comunicamos, entre gesticulaciones y características de la voz. Varios periodistas científicos como Juan Scaliter comentan que, Albert Mehrabian (impulsor de la teoría) desmintió esta generalización diciendo que el experimento que realizó para demostrar la hipótesis estaba limitado. Y si bien es cierto que comunicamos mucho con los gestos y el tono de voz, estos toman especial relevancia sólo cuando se habla de sentimientos o actitudes, pero no para el resto de temas. Sin embargo, sirven para acompañar un mensaje, dar más fuerza a un concepto, pero no son definitivos. Tenemos gestos comunes que comunican, como subir los hombros tras una pregunta o guiñar el ojo, pero no dejan de ser signos ya establecidos. Por ejemplo, si miramos una película con una lengua extranjera que no se parece en nada a la nuestra, mirando los gestos y las expresiones faciales de los personajes, los entenderemos? No. Con esta idea solemos pensar que nos tenemos que fijar en cómo nos colocamos o cómo movemos las manos cuando hablamos y nos hemos olvidado de que lo que realmente importa es lo que decimos y cómo lo decimos para que llegue a la otra persona .

Este último punto nos lleva a otra creencia, pensamos que lo que decimos, es lo que se entiende. Por mucho que intentemos ser claros, no somos conscientes de que nuestros mensajes siempre son filtrados por las percepciones del receptor y, por tanto, es fundamental repetir conceptos para clarificar y adaptar el mensaje a las características del receptor para hacernos entender. Pongamos de ejemplo a un profesor que, cuando más se entiende es cuando el mensaje es claro, conciso y lleva a una interpretación adecuada que puede llegar a las diferentes maneras de pensar de sus alumnos. Si un profesor explica de manera clara y concisa, pero con tecnicismos al nivel de experto, los alumnos no lo entenderán.

En todos los casos, la técnica de comunicación que os propongo para resolver estos tres escenarios, es la pregunta asertiva. Se trata de utilizar la pregunta como la base de nuestra comunicación. Si a la hora de emitir un mensaje o hacer un gesto tenemos información previa sobre el receptor, nos será más fácil saber cuáles son sus preferencias y necesidades y al mismo tiempo adaptar más cuidadosamente el mensaje. La pregunta nos ayuda a salir de nuestras percepciones e ideas preconcebidas. Nos permite ver al receptor como un comunicador. Las preguntas eficaces son:

  • ¿Qué quieres / necesitas exactamente?
  • ¿Cuando lo quieres / necesitas?
  • ¿Cuáles son tus expectativas para con… (el tema que se esté tratando)?
  • ¿Me he explicado bien? ¿Lo repito?
  • ¿Si no estás de acuerdo, me dirás tu opinión por favor?
  • ¿Qué te lleva a actuar / pensar así ahora?

Estos son algunos ejemplos, que, como podemos comprobar, a la hora de emitir estas preguntas uno debe practicar la paciencia, la tolerancia y la aceptación del otro por encima de todo.