No queremos ser perfectos

Combatir la procrastinación, cambiar nuestros hábitos no saludables, mejorar nuestras relaciones, aumentar el rendimiento y la capacidad de resolución, son algunos de los aspectos que trabajamos en el coaching. Hablamos de motivarnos, ser proactivos, lograr éxitos, superar retos, esforzarnos, etc. Y si bien es cierto que, enfocarnos hacia estos objetivos nos ayudará a obtener más bienestar en nuestras vidas, algunas veces puede llegar a ser contraproducente.

Estamos en una sociedad cada vez más demandante i exigente, tanto con aspecto físico como en el ámbito profesional e incluso el personal. Progresamos, en un principio, hacia una dirección positiva, ya que todo lo que pensamos y hacemos es en nuestro beneficio: salimos a correr y nos ponemos pautas de alimentación para sentirnos más sanos, trabajamos la inteligencia emocional para relacionarnos mejor, hacemos meditación para relajarnos, marcamos metas para conseguir nuestros sueños… Y es que todo son beneficios y todos los queremos, pero ¿Qué pasa cuando no cumplimos con nuestros “deberes”? Que nos sentimos mal, muy mal.

1254371319556_fSi nos proponemos conseguir un reto, por ejemplo: ir al gimnasio cada semana o que nos promocionen en el trabajo, y lo dejamos aparcado aunque no olvidado, aparece el sentimiento de culpabilidad. Enfocarnos a conseguir un objetivo, sin entender el por qué procrastinamos (hábito de postergar, retrasar actividades) o por qué estamos nerviosos y no conseguimos lo que nos proponemos, al final resulta un trabajo en vano.

Se habla de que la procrastinación surge del miedo al fracaso. Es decir, no nos esforzamos o no logramos nuestros propósitos porque tenemos miedo a no hacerlo como es debido. Siguiendo el ejemplo anterior: la persona que quiere que le promocionen, no hace los pasos indicados para conseguirlo. Según esta idea, esta persona se estresa por miedo a no hacerlo bien y acaba por no hacer nada. Por consiguiente, para solucionarlo, le animamos a superar este miedo llevando a cabo acciones pequeñas que le acerquen a su objetivo.

Pero, por qué siempre estamos dependiendo de nuestros miedos y no se van de una vez? El miedo al fracaso no surge de la nada, no surge sólo de los pensamientos de “yo no soy capaz”, “no lo haré bien”, “me da miedo que me rechacen”, etc. La base principal de este miedo es que no sabemos no ser perfectos.

En este sentido, nos encontramos con dos escenarios diferentes: la persona que quiere ser perfecta y la que no. La que quiere la perfección, suele ser una persona con mucha fuerza de voluntad y muy tenaz, pero su exigencia pronto llegará a su límite. Querer ser perfecto, a la larga tiene sus dificultades, ya que nadie es perfecto nunca. Por otro lado, la persona que no quiere ser perfecta y rechaza la perfección, suele ser alguien que se exige menos y se conforma con lo que tiene, pero también se encontrará con una dificultad: no mejorará.

Lo que en realidad nos lleva a procrastinar, a mantener un hábito no saludable, pensar en una dieta imposible de realizar o pagar un gimnasio que brilla por su ausencia, es el rechazo a la perfección. En el fondo queremos no tener que necesitar todo esto y no tener que esforzarnos. Queremos no tener que adelgazar o no tener que ser el mejor en el trabajo. Un adolescente que no estudia, no es por vagancia, ni por miedo a fracasar, es por rechazo a ser “el niño perfecto”.

Queremos no tener que ser perfectos y nos rebotamos contra unas demandas que son impuestas por la sociedad. Es un mecanismo natural de defensa, pero en realidad, no nos estamos defendiendo de la sociedad, si no de nosotros mismo. Este rechazo a la perfección no es más que la incapacidad de aceptar que no somos perfectos. Porque el ser humano es intolerante a la frustración por naturaleza. Si nos deja la pareja, nos frustramos; si nos despiden del trabajo, nos frustramos; si nos falta afecto, nos frustramos.

Así que, cuando queremos conseguir algo, pensar que nos vamos a ver en una situación dónde nos sentiremos incapaces o inútiles, o si nos tenemos que atrever a realizar una acción que nos va a poner al descubierto y se van a ver nuestros fallos, nos crea un malestar que va mucho más allá del miedo a fracasar. Nos exponemos a la frustración de recordarnos que no somos perfectos. Y esto, nos fastidia soberanamente.

Por tanto, cuando hablamos de superar el miedo, de lo que hablamos es de aprender a frustrarnos. Saber manejar el rechazo y el error correctamente. Debemos tener en cuenta que, a mejor manejo de la frustración, menos fracaso habrá en nuestra vida, ya que aprenderemos de las experiencias tal y como vienen y no nos vamos a sentir mal. Esto nos animará a seguir adelante con nuestros propósitos, aunque no nos guste vernos hacer el ridículo.

El truco es recordarnos cada día que la perfección no existe y que no somos perfectos porque es mucho más divertido no serlo. Rompamos el mito de que “ya somos perfectos como somos”. No es cierto, todos podemos ser mejor aún, pero no hace falta ser perfectos. Además, a menos perfección, más aprendemos y más auténticos nos volvemos. Dejar de compararnos y reírnos de nuestros defectos y de nuestros errores, en vez de frustrarnos, nos ayudará a ser más libres.