Respirando la briza, sin prisa

 

Un día un hombre muy sabio me contó la historia del bambú; me explicó que durante su primera década de vida, el bambú se dedica a fortalecer sus raíces, tardando todo ese tiempo en dar sus primeros brotes. Os estaréis preguntando, entonces, ¿qué hace el bambú durante esos diez largos años? Pues, se prepara… y en cuanto esté listo, empieza a crecer con una velocidad record, que supera cualquier otra planta del mundo; afonda sus raíces bien fuerte en el suelo y se eleva, sutil y flexible hacía el cielo.

Bajo presión se dobla pero no se rompe; si le cortan algunas ramas, él no se rinde y vuelve a crecer tan rápido como hasta entonces.

A veces, a lo largo de nuestra vida, experiencia tras experiencia, reflexionamos sobre el valor del tiempo y nuestra forma de invertirlo, sobretodo cuando nos pasa algo negativo o crucial. Nos asusta la sensación de haberlo malgastado, incluso perdido a por algo o alguien. Nos repetimos “quiero que ese momento llegue lo antes posible” o incluso “si solo pudiera volver atrás…”.

¿Porqué no intentamos calmarnos? Habrá, entonces, que tomar aire, respirando a fondo, y fijarnos en todos los objetivos cumplidos y los retos que nos quedan para conseguir, dando al factor tiempo la colocación que merece, sin que nos provoque ansiedad que, supuestamente, nos bloquea, haciéndonos llegar precisamente a lo que queremos evitar.

 

Federica Perra