Sonríe para ser más feliz, según la neurociencia

Hay momentos en la vida en los que puede que no encontremos motivos para sonreír. Podemos sentirnos abatidos, fatigados, desmotivados…a veces identificamos un motivo claro que desencadena estas reacciones afectivas y otras simplemente nos sentimos así sin identificar una causa concreta o como fruto de un cúmulo de circunstancias.

La vida se hace cuesta arriba y nos sentimos desconectados del disfrute, el bienestar…de la alegría.

La alegría es una de las emociones básicas, y como tal, tiene un valor evolutivo. Ha servido para la supervivencia de la especie en tanto que es una emoción que se relaciona con la seguridad, en contraposición con emociones que son reactivas a la alerta de una amenaza percibida (también adaptativas), y por tanto se orienta al crecimiento, a la expansión y a la creatividad. Así que no sólo nos ayuda a sobrevivir sino que también nos orienta a “vivir mejor”, orientándonos a establecer relaciones con otros miembros, a explorar, a construir, a crecer.

Todas las emociones básicas tienen elementos de expresión comunes en los seres humanos y la sonrisa es una de las expresiones universales asociadas a la alegría.

Cuando el cuerpo nos dice cómo nos sentimos

Gracias a la neurociencia se están desarrollando hipótesis muy interesantes respecto a las emociones y una de las que encuentro más fascinante es la del feedback facial. Las señales del organismo modelan directamente nuestras emociones. Nuestra conciencia de los cambios en el estado corporal (entre ellos nuestra expresión facial) nos permite saber cómo nos sentimos, aún cuando no somos conscientes de dichos cambios. Es decir, no sólo sonreímos cuando estamos contentos, sino que estamos contentos cuando sonreímos.

“Engañando” a nuestro cerebro

Gracias a las investigaciones recientes, sabemos que las sensaciones y cambios corporales es parte de la información relevante a la que nuestro cerebro acude para saber qué estamos sintiendo. Así, si el cerebro recibe señales somáticas de que, por ejemplo, los músculos de la cara están contraídos en forma de sonrisa, se evocará una reacción afectiva relacionada, lo que resultará en un sesgo del análisis de datos sobre la situación. Sería algo así como “engañar” a nuestro cerebro, aprovechando que cuando se trata de señales somáticas no sabe diferenciar si éstas son reacciones espontáneas o dirigidas voluntariamente.

El estado emocional participa en la interpretación de los datos que nos llegan a través de los sentidos. No sólo la interpretación de dichos datos genera una primera respuesta afectiva sino que es ésta misma la que, a la vez, en el proceso de elaboración, favorece que situemos el foco de atención en uno u otro aspecto, conectemos con determinados aspectos de nuestra experiencia – y no con otros- y que, en consecuencia, le demos un significado concreto a la situación. Si las sensaciones corporales son capaces de evocar reacciones afectivas podemos usar este elemento para que el significado que construimos en base a la experiencia sea más positivo.

Un motivo (más) para sonreír

El valor que asignamos a la experiencia determina nuestra vivencia de ésta; un significado más positivo de la experiencia repercute en nuestra sensación percibida de felicidad y satisfacción con la vida.

Así, si sonreímos es más probable que, subjetivamente, nos sintamos más felices, ya que la reacción afectiva resultante propiciará que probablemente tengamos más experiencias percibidas como positivas, establezcamos relaciones positivas con nuestro entorno y percibamos un estado de seguridad que nos permita embarcarnos en actividades orientadas al crecimiento (propio de la emoción de la alegría).

Este ciclo, que se retroalimenta, puede empezar con una sonrisa, aunque sea “fingida”.

La importancia de vivir todas las emociones

Esto no significa en absoluto que se deban evitar las otras emociones, que tienen un valor adaptativo igualmente importante. Lo natural es que sintamos tristeza ante una pérdida, rabia cuando percibimos una injusticia y miedo cuando nos sentimos amenazados, ya que estas reacciones emocionales nos llevarán a resolver aquella necesidad que propició la aparición de la emoción.

El estado de ánimo es diferente de la emoción. Tiene más que ver con un tono afectivo que se mantiene a lo largo del tiempo mediatizando nuestra experiencia.

Dicho esto, no es ninguna tontería sugerir que tal vez sería bueno incorporar la práctica de sonreír en nuestra vida cotidiana, aunque no exista un detonante externo o interno que nos produzca la sonrisa. Puede que no tengamos ganas de sonreír, pero si lo hacemos es más probable que encontremos un motivo para ello.