El egoísmo sano.

Seguro que alguna de vosotras sentís o habéis conocido personas con una necesidad imperiosa de agradar a los demás y de complacerlos constantemente, a veces incluso llegando a posponer o dejar de lado los propios deseos y necesidades. Muchas veces se nos ha enseñado a funcionar de esta manera, recibiendo mensajes sobre la importancia de “dar todo por los demás” o de anteponerlos antes que a mí misma. De esta manera, tildamos de “egoístas” a todos aquellos que piensan más en sus necesidades que en las nuestras.

El problema de este altruismo poco autocuidador es que a menudo no nos han trasmitido las consecuencias negativas de no saber poner límites, de no saber decir que no o de anteponer las necesidades de otros a las propias de una manera masiva, como por ejemplo la baja autoestima o la dependencia emocional.

Practicar de manera rígida este “altruismo” nos hacer más vulnerables a la hora de relacionarnos con los demás, aumentando las probabilidades de establecer vínculos poco saludables con las personas que nos rodean

Entonces ¿es todo el egoísmo malo?

Como todo, en su justa medida y en el punto de equilibrio, el egoísmo también es saludable. Este egoísmo saludable nos permite centramos en nosotras mismas y cuidarnos cuando somos capaces de anteponer una necesidad propia a la de otra persona. El egoísmo sano también nos puede ayudar a trabajar la capacidad de cuidar de nosotras mismas, de cubrir nuestras propias necesidades y de hacer aquello que realmente queremos hacer sin sentirnos culpables.