“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”

El título de este post es una frase de Buda que expresa con pocas y acertadas palabras una diferenciación indispensable para comprender mejor nuestros estados afectivos y fluir mejor en nuestra vida.

Abrirse a la vida significa abrirse al dolor. Éste, que habitualmente aparece ante algún tipo de pérdida y que puede implicar la activación de diferentes emociones, como la tristeza o la rabia, es necesario en nuestras vidas para poder convertir las experiencias difíciles en un aprendizaje de vida; tiene una función adaptativa. Aprender a sustentar y transitar el dolor nos ayudará a dar un significado a la experiencia para poder construir sobre ello un aprendizaje profundo sobre nosotros, los demás, el mundo, la existencia…

En cambio, el sufrimiento es cualitativamente diferente. A veces estamos dispuestos a sufrir mucho para no enfrentarnos al dolor. El sufrimiento aparece cuando nos quedamos enrocados en una serie de sentimientos alimentados habitualmente por nuestros pensamientos de tipo obsesivo. Nos quedamos en el pensamiento rumiativo, en los “debería”, en los “por qué” sin respuesta, en la culpa o la victimización, en una sensación de que las cosas no deberían ser como son, lo que se relaciona con la aparición de sentimientos que en lugar de ayudarnos a afrontar la situación nos sumen en una experiencia de profundo malestar e indefensión. No podemos elegir cómo nos sentimos pero sí podemos elegir qué decidimos pensar, la interpretación que hacemos de los hechos que nos suceden y que está en la base de cómo vivimos la experiencia.

Al transitar el dolor y elaborar un significado de la experiencia, éste desaparece. Recordaremos siempre lo que nos dolió, pero ya no genera en nosotros una reacción emocional intensa. Podemos dejar el hecho en el pasado y guardar en nuestra mochila el valioso aprendizaje que sacamos de dicha experiencia y que nos ayuda a comprender de una forma íntima y profunda nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea desde donde afrontaremos futuras experiencias. En cambio, el sufrimiento puede durar mucho tiempo después que la experiencia haya terminado y no tiene una función adaptativa, sino que nos limita en nuestras vidas.

En terapia acompañamos a las personas a tomar contacto con sus emociones, identificarlas, comprenderlas, gestionarlas y expresarlas para que puedan acceder a la información tan valiosa que nos aportan para nuestro bienestar emocional y realizar los ajustes o movimientos necesarios para cubrir la necesidad que expresan y volver a un estado de equilibrio. Reprimir las emociones, negarlas o silenciarlas es una fuente de sufrimiento en tanto que no podemos elaborar el dolor que es la expresión de una necesidad por cubrir.  

Trabajando con los pensamientos y creencias que alimentan el sufrimiento y los sentimientos relacionados, aprendiendo a aceptar, abrazar, sustentar y transitar el dolor cuando se presenta, las personas pueden liberarse del sufrimiento y abrirse a una experiencia vital plena y profunda.