La dimensión neurobiológica del apego

 

Nuestro cerebro está configurado para la supervivencia. Esto significa que existen determinados sistemas de acción para la vida que han sido configurados a lo largo de nuestra historia evolutiva como especie para responder ante las amenazas. Estos sistemas de acción están genéticamente predeterminados y están codificados en circuitos neurobiológicos específicos que controlan la ejecución de emociones particulares para responder a estímulos que tienen una significación importante para el organismo. El objetivo de su puesta en marcha es producir una serie de secuencias conductuales bien organizadas relacionadas con la supervivencia.

EL SENTIDO EVOLUTIVO DEL APEGO

Pensemos por un instante en un bebé. ¿Qué necesita para sobrevivir? Lógicamente no puede hacerlo por sí solo, pues los seres humanos nacemos todavía muy inmaduros en todos los sentidos. Lo que necesita el bebé para sobrevivir es el cuidado por parte de los adultos, que deben identificar y cubrir sus necesidades. Tiene mucho sentido entonces, que uno de los primeros sistemas de acción sea el implicado en la búsqueda de relación para obtener cuidados. Estamos configurados biológicamente para ello. Nadie le enseña a un bebé que debe llorar para que un adulto se acerque y restaure el equilibrio organísmico que se ha desajustado para volver a un estado de bienestar. El niño sabe que algo se siente mal; no puede identificar el qué porque no existe un sentido de conciencia del sí mismo como el que tenemos los adultos pero sí tiene una conciencia somática, de sensaciones corporales y todo ello está sustentado por una base neural específica.

DESARROLLO DE LA CAPACIDAD DE AUTO-REGULACIÓN

Este sistema de acción para la búsqueda de la relación se relaciona con la dimensión biológica del apego y se consolida desde el nacimiento hasta aproximadamente los 18 meses. En este proceso de consolidación se realiza el aprendizaje de la regulación emocional y de los estados internos a través del vínculo interpersonal. Se suele emplear la expresión de que la figura de apego ejerce como “córtex auxiliar” del pequeño, es decir, hace la función de regulación que él todavía no puede llevar a cabo porque no dispone de la estructura mental necesaria para ello en su cerebro todavía en proceso de maduración. Es la figura de apego quien identifica y responde a las necesidades del niño, calmándolas e interviniendo en su bienestar. Es en esta interacción, a través del apego, donde se construye y consolida una capacidad de regulación que pasará de ser una regulación interactiva a una auto-regulación.

Cuando el niño ha sido bien cuidado y respondido en una relación de contacto pleno y sintonía con su mundo interno, aprende a cuidarse a sí mismo, porque ha internalizado al otro como un objeto constante y proveedor de buenos cuidados.

Cuando esto no ha sido así, la persona mostrará en etapas posteriores del desarrollo una dificultad para calmarse, sintiéndose sobrepasada por sus emociones, lo que tiene importantes implicaciones en su funcionamiento adaptativo. Los esquemas relacionales que se hayan construido en la interacción con la figura de apego quedan grabados en estratos inferiores de nuestro cerebro como memorias procedimentales, que son inconscientes y se registran en nuestra corporalidad. Estos esquemas de “estar en relación” y la capacidad para regularse emocionalmente quedan grabados como huellas experienciales somatosensoriales que condicionarán nuestra forma de estar en el mundo en delante de forma automática, es decir sin intervención de la conciencia.

Una crianza deficitaria en términos de sintonía con las necesidades primarias e intervención para la regulación genera una serie de carencias en las estructuras neurobiológicas necesarias para la maduración, dejando lesiones persistentes en la capacidad de la persona para manejar la experiencia. La presencia de trauma grave temprano afecta la maduración del organismo en el sentido que queda afectado el concepto nuclear y corporal del sí mismo, del self.

EL FUNCIONAMIENTO DEL CEREBRO, DE ABAJO ARRIBA

Las funciones superiores del cerebro dependen de la buena consolidación de los estratos inferiores, en los que están codificadas las huellas tempranas y profundas de nuestra historia y se manifiestan en conductas procedimentales que funcionan al margen de nuestra conciencia. Es memoria, pero no una memoria explícita sino implícita, una memoria somática, corporal, donde se almacenan nuestros esquemas implícitos y procedimentales de estar en relación con otro ser humano.