Todo lo que no soporto

Intentaba leer mi novela sentada en el autobús mientras una señora de voz gritona se afanaba en hacérmelo difícil. Soy de ese, creo numeroso, grupo de personas que necesita un nivel de silencio mínimo para concentrarme. Pero el volumen de su voz no menguaba, e incluso pudo añadir a algunas acólitas del asiento de delante. Todas se quejaban al unísono de otra que se había bajado ya:

  • ¡No soporto a esas señoras que se perfuman fuerte! ¡Qué falta de respeto!
  • Si les doliera la cabeza tanto con sus olores como a mí, te digo que no lo harían.

Y yo pensaba ‘Si supieras lo que me duele la cabeza a mí de oírte, seguro que tampoco lo harías’. Pero a pesar de intentar en vano comunicarme a través de la mente, sus quejas sobre el mismo tema absurdo sólo iban en aumento de forma cada vez más delirante mientras yo resoplaba internamente. Y al mismo tiempo, otra mujer resoplaba por dentro porque mi bolsa le impedía el paso en el pasillo, aunque yo no me había preocupado de semejante cosa.

descargaDarme cuento de esto me supuso rebajar mi creciente ansiedad acompañada de fantasías con bazookas ¿A quién no hay algo que no le moleste? Me refiero a esa molestia que hace que te dé taquicardia y despierte tus peores instintos, no a que alguien te pise y te enfades (algo lógico). Cuando esas molestias aparecen, no acostumbramos a tener recursos diferentes a quejarte reiteradamente y desear que el otro cambie, que entienda tu malestar, que tenga otra actitut, etc. Yo hoy planteo una pregunta molesta ¿Y si te preguntas tú por qué te molesta tanto? ¿Y si ves el reflejo de algo que tú no eres capaz de hacer en una actitud del otro? No hablo de no quejarte, hablo precisamente de hacer algo al respecto.

Por mucho que lo deseemos, cambiar al otro no es posible. Por suerte, contigo mismo hay mucho que puedes hacer aunque no lo creas ¿Te animas a intentarlo?

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