Las cicatrices son un recordatorio del dolor del pasado. A diferencia de una herida abierta, una cicatriz no duele, pero existe. Tal vez pica un poco los días de lluvia, o molesta ocasionalmente, recordando que está ahí. Porque estar, está. Doler, dolió. Y el recordatorio de haber sufrido queda de algún modo constatado en ella.
Kintsugi, la técnica japonesa de reparar con oro
El kintsugi es una técnica japonesa a través de la cual se reparan objetos usando oro, por lo que las grietas que representan que un día ese objeto se rompió, no se esconden sinó que se enalzan en este ritual. En lugar de intentar que el objeto vuelva a ser como era, lo que entre otras cosas es imposible, se trabaja con dedicación y cuidado en cada una de las juntas para que convertirlo en un objeto nuevo, único, especial y más bello gracias a las grietas que representan su historia.
Las cicatrices del alma
Las personas, a veces, también nos “rompemos”. A veces tenemos recibimos un impacto emocional tan grande, que la sensación interna es de que algo se rompe en nuestro interior.
Tal vez nunca volvamos a ser los mismos después de ese impacto, y todo lo que podemos hacer es ir recogiendo las pequeñas piezas, con cuidado y mimo, asegurándonos de no dejar ninguna atrás, para recomponernos en un nuevo todo, distinto, pero no peor. No estuvo bien lo que sucedió. No fue agradable pasar el dolor. Ojalá no hubiera sucedido. Pero sucedió, y no lo podemos cambiar. Lo que sí podemos hacer es explorar cómo recomponernos de forma que todo ello se integre en nuestro interior y nos deje el recordatorio del dolor, y pique los días de lluvia…pero ya no duela como una herida abierta. Necesitamos encontrar nuestro hilo de oro.
Revestidas de hilo de oro, nuestras cicatrices dan cuenta de nuestra historia, de todo lo que supuso transitar por el dolor, de cómo fue sanar…y de todo el aprendizaje que nos acompaña en esta nueva etapa, donde no somos los mismos, pero está bien así.
Mariona Xaubet
Psicóloga