Salud mental: un concepto en evolución
El concepto de salud mental ha experimentado una transformación importante a lo largo del desarrollo de la psicología y la psiquiatría. Durante buena parte de su historia, el interés científico se centró fundamentalmente en identificar y tratar la enfermedad mental, de modo que la salud tendía a entenderse, implícitamente, como ausencia de patología. En paralelo a otros desarrollos teóricos que flexibilizaron esta idea, el modelo biopsicosocial cuestionó las explicaciones exclusivamente biomédicas y propuso comprender la salud y la enfermedad a partir de la interacción entre procesos biológicos, psicológicos y sociales (Engel, 1977). El estudio del bienestar psicológico y del funcionamiento positivo amplió aún más esta concepción, incorporando dimensiones como la autonomía, las relaciones, el propósito vital o el crecimiento personal y modelos como el de los dos continuos, respaldados por la investigación empírica, han contribuido a cuestionar la idea de que salud mental y trastorno mental constituyen simplemente los extremos opuestos de una única dimensión.
La ausencia de un trastorno no implica necesariamente un elevado bienestar psicológico, del mismo modo que la presencia de psicopatología no permite describir por sí sola todas las dimensiones de la salud mental de una persona (Keyes, 2005).
Así, el concepto contemporáneo de salud mental se ha desplazado progresivamente desde una concepción centrada en la ausencia de trastorno hacia una visión más amplia y multidimensional, en la que adquieren relevancia tanto el bienestar y el funcionamiento psicológico como el contexto biológico y social en el que se desarrolla la persona.
La salud mental no implica ausencia de malestar
Las injustamente llamadas emociones “negativas”, como la tristeza, el miedo o la rabia, pueden resultar desagradables e incluso generar un intenso malestar, pero este carácter desagradable no las convierte, por sí mismo, en respuestas disfuncionales.
Tanto las emociones agradables como desagradables forman parte de sistemas de respuesta que influyen sobre nuestra atención, nuestros pensamientos, nuestra fisiología y nuestra conducta, ayudándonos a responder ante situaciones que resultan relevantes para nosotros, aunque su expresión, intensidad o duración no siempre resulten ajustadas a las circunstancias.
Desde esta perspectiva, el malestar emocional no debería entenderse necesariamente como algo contrario a la salud mental; una concepción amplia de la salud mental debe poder integrar también estas experiencias. La tristeza ante una pérdida, el miedo frente a una amenaza o la frustración cuando un objetivo importante se ve obstaculizado pueden formar parte de nuestra respuesta ante acontecimientos significativos, aun cuando generen malestar. En este sentido, la salud mental no depende únicamente de cómo nos sentimos, sino también de nuestra capacidad para responder de manera flexible a las demandas de diferentes situaciones y ajustar nuestras respuestas cuando las circunstancias cambian (Kashdan & Rottenberg, 2010).
Huir del reduccionismo
Ahora bien, integrar el malestar dentro de una concepción amplia de la salud mental no significa que todas las experiencias de sufrimiento sean equivalentes ni que debamos restarles importancia. Para comprender su significado es necesario atender a aspectos como su intensidad y persistencia, las circunstancias en las que se produce y, especialmente, su repercusión sobre las distintas áreas de la vida. Reconocer que determinadas emociones desagradables forman parte de la experiencia humana no implica minimizar aquellas situaciones en las que el sufrimiento puede requerir una atención específica.
Desde esta perspectiva, cuidar nuestra salud mental implica, entre otros aspectos, prestar atención a lo que sentimos, tratar de comprender qué nos está ocurriendo y reconocer nuestras necesidades y los recursos con los que contamos para afrontar las dificultades. También implica reconocer que las necesidades de cada persona son diferentes y que, en determinadas circunstancias, el sufrimiento puede requerir una atención profesional específica.
En este Día Mundial de la Salud Mental queremos promover una mirada amplia y no reduccionista sobre la salud mental, que reconozca su carácter multidimensional y permita comprender las distintas experiencias de malestar y sufrimiento humano, atendiendo tanto a su significado y su contexto como a sus posibles implicaciones clínicas.
Si estás buscando apoyo psicológico, en nuestro centro podemos acompañarte.
Mariona Xaubet
Psicóloga General Sanitaria
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Engel, G. L. (1977). The need for a new medical model: A challenge for biomedicine. Science, 196(4286), 129–136. https://doi.org/10.1126/science.847460
Kashdan, T. B., & Rottenberg, J. (2010). Psychological flexibility as a fundamental aspect of health. Clinical Psychology Review, 30(7), 865–878. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2010.03.001
Keyes, C. L. M. (2005). Mental illness and/or mental health? Investigating axioms of the complete state model of health. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 73(3), 539–548. https://doi.org/10.1037/0022-006X.73.3.539