A menudo pensamos en el trauma como algo que pertenece al pasado: un evento que sucedió y que, con el tiempo, debería quedar atrás. Sin embargo, en la práctica clínica ocurre algo distinto: el trauma no procesado no se queda en el pasado, sino que se expresa en el presente, a través del cuerpo, las emociones y las relaciones.

El trauma no es solo lo que ocurrió, sino cómo quedó registrado en el sistema nervioso.

El trauma se revive en el cuerpo

Muchas experiencias traumáticas no se integran como recuerdos narrativos, sino como memorias implícitas. Por eso, no siempre pueden explicarse con palabras, pero sí se sienten intensamente.

Esto puede aparecer en el día a día como:

  • ansiedad o hipervigilancia sin causa aparente
  • bloqueo, apatía o sensación de desconexión
  • reacciones emocionales intensas y difíciles de regular

En estos casos, la persona no está recordando el pasado, sino reactivando estados internos asociados a él. El cuerpo responde como si el peligro siguiera presente.

El sistema nervioso queda atascado en el «modo de supervivencia»

Cuando una experiencia desborda la capacidad de afrontamiento, el organismo activa respuestas automáticas de supervivencia como lucha, huida o congelación. Si estas respuestas no pueden completarse, quedan fijadas en el sistema nervioso.

En el presente, esto puede traducirse en:

  • dificultad para relajarse incluso en contextos seguros
  • sensación constante de amenaza o tensión
  • alternancia entre hiperactivación (ansiedad) y colapso (desconexión)

Es como si el organismo no pudiera “apagar la alarma”, aunque ya no haya peligro real.

Desconexión del cuerpo y dificultad para autorregularse

El trauma también afecta a la integración entre cuerpo, emoción y pensamiento. Muchas personas desarrollan una relación ambivalente con su propio cuerpo: o bien lo sienten demasiado (sobreactivación), o bien dejan de sentirlo (desconexión).

Esto puede implicar:

  • dificultad para identificar emociones
  • sensación de ir en “piloto automático”
  • respuestas impulsivas o poco conscientes

Cuando se pierde el acceso a las señales internas, también se pierde una de las principales herramientas de regulación emocional.

Impacto en las relaciones

Cuando el trauma ocurre en el seno de vínculos significativos, moldea la forma en la que interpretamos y respondemos a las señales relacionales. En la vida adulta, las personas pueden experimentar hipersensibilidad al rechazo o al abandono, necesidad de control o evitación emocional y/o repetición de patrones relacionales dolorosos, todo ello relacionado con experiencias pasadas que se activan en el vínculo actual.

Integrar el trauma: más allá de entenderlo

Superar el trauma no consiste únicamente en comprenderlo a nivel cognitivo. Implica también trabajar con cómo se manifiesta en el cuerpo y en el sistema nervioso.

El proceso terapéutico pasa por:

  • recuperar la capacidad de regulación
  • completar respuestas de supervivencia interrumpidas
  • restablecer la conexión entre cuerpo, emoción y pensamiento

En definitiva, se trata de que el pasado pueda convertirse en pasado, y deje de vivirse como una experiencia que se reactiva constantemente en el presente.

Si te has sentido identificado/a con algunos de los aspectos comentados, el proceso de terapia puede ayudarte a comprender lo que te ocurre y, sobre todo, a regular aquello que hoy se sigue activando en tu cuerpo y en tus relaciones.

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