Cuando hablamos de “estar presentes”, hablamos de una actitud interna: la disposición a entrar en contacto con lo que está ocurriendo en este preciso instante, tanto dentro de uno mismo como en la relación con los demás.

El presente es el lugar donde la experiencia se despliega. Es donde sentimos, donde tomamos conciencia de nuestras necesidades y donde pueden emerger nuevas formas de comprendernos. Sin esta presencia, corremos el riesgo de vivir desde automatismos, repitiendo patrones sin darnos cuenta.

El peso del pasado y la anticipación del futuro

Muchas veces, nuestra mente oscila entre lo que ya ocurrió y lo que podría ocurrir. El pasado puede aparecer en forma de recuerdos, aprendizajes o heridas no resueltas; el futuro, como anticipaciones cargadas de incertidumbre o exigencia.

Desde una perspectiva constructivista, entendemos que no accedemos a la realidad de forma directa, sino a través de las interpretaciones que construimos. Cuando estas interpretaciones están fuertemente teñidas por experiencias pasadas o por temores futuros, el presente queda distorsionado o, directamente, invisibilizado.

Volver al presente implica, en parte, poder reconocer estos filtros: notar cuándo estamos reaccionando más a una historia interna que a lo que realmente está sucediendo ahora.

Presencia y regulación emocional

Estar en el momento presente también tiene un impacto directo en nuestra regulación emocional. Cuando logramos anclarnos en el ahora, es más fácil identificar lo que sentimos sin dejarnos arrastrar completamente por ello.

Esto no significa dejar de sentir, sino poder relacionarnos de otra manera con nuestras emociones: con mayor curiosidad, menos juicio y más capacidad de sostén. En muchos procesos terapéuticos, este paso resulta clave para integrar experiencias que anteriormente resultaban abrumadoras.

Cultivar la presencia en la vida cotidiana

La presencia no es un estado permanente ni una meta que se alcanza de una vez por todas. Es una práctica que se cultiva poco a poco, en lo cotidiano: al notar la respiración, al prestar atención a una conversación, al darse cuenta de una emoción en el momento en que aparece.

También implica aceptar que, inevitablemente, nos distraeremos, nos iremos al pasado o al futuro. La clave no está en evitarlo, sino en poder darnos cuenta y regresar, una y otra vez, al momento presente.

Un lugar desde el que encontrarnos

En el espacio terapéutico, la presencia compartida entre terapeuta y paciente crea un contexto seguro donde pueden emerger experiencias significativas. Es ahí donde las palabras cobran sentido, donde el cuerpo habla y donde lo implícito puede hacerse explícito.

Habitar el presente es, en última instancia, una forma de encontrarnos: con nosotros mismos, con los demás y con lo que está vivo en cada instante. Y es precisamente en ese encuentro donde se abre la posibilidad de cambio.

Formas de cultivar la conciencia presente

Anclarse en el cuerpo

El cuerpo sólo puede estar en el presente. Llevar la atención a la respiración, al contacto de los pies con el suelo o a las sensaciones físicas permite salir del ruido mental y volver a lo que está ocurriendo ahora. No se trata de cambiar nada, sino de notar.

Nombrar nuestra experiencia

Poner palabras a lo que está ocurriendo internamente puede ayudarnos a tomar distancia sin desconectarnos. Frases sencillas como “me estoy sintiendo tenso”, “estoy notando inquietud” o “me vienen muchos pensamientos” facilitan una mayor conciencia y regulación.

Hacer pausas conscientes

Introducir pequeños momentos de pausa a lo largo del día —antes de responder a un mensaje, al empezar una tarea, al terminarla— permite interrumpir el piloto automático. Son instantes breves, pero con un gran potencial para reconectar.

Atender lo cotidiano

Actividades simples como ducharse, caminar o comer pueden convertirse en oportunidades para practicar la presencia. Observar los detalles, los ritmos, los sabores o los movimientos transforma lo habitual en un espacio de conexión.

Darnos cuenta de cuándo «nos vamos»

Quizá una de las habilidades más importantes es reconocer cuándo hemos dejado de estar presentes: cuando estamos rumiando, anticipando o funcionando en automático. Ese darse cuenta, sin crítica, ya es en sí mismo un retorno al presente. No se trata de no «irse» nunca, si no de poder darnos cuenta y encontrar el camino de «vuelta».

 

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